viernes, 24 de diciembre de 2021

Piedras de tropiezo




“Scandalus” viene del latín (proveniente del griego skándalon) y son obstáculos o piedras de tropiezo que hacen caer. En el caminar cotidiano nos topamos con numerosos “escándalos”, ya sea una película de televisión blasfema o inmoral, una compañía que tiene malos hábitos o posee una mala educación, o tantas cosas que alteran nuestra imaginación o guardamos en nuestra memoria como esas palabras indecentes que luego el demonio utiliza para tentarnos.

Cierta ocasión escuché una plática sobre “aprender a filtrar” para tener una vida saludable. Así como en la cocina se pasa por el colador todo lo que no queremos en nuestra comida, así también se debe filtrar todo lo que no queremos en nuestra imaginación o en nuestra memoria auditiva. No es poca cosa esta tarea y lleva muchos años de práctica e instrucción, como cuando un profesional se afianza en su labor, así también en la vida espiritual se debe aprender y perfeccionarse, pues el buen trato con las personas y con Dios es la labor más difícil a alcanzar en esta vida.

Estas líneas surgen a raíz de un pensamiento reciente sobre un personaje reconocido que tuvo un desliz en su vida sentimental (pasional), hecho que en absoluto llama mi atención, pero recientemente recordé esto que en alguna ocasión tuve conocimiento y me pareció entender que eso fue motivo de tropiezo para aquella persona. Lo cuál me lleva a reflexionar que las puertas que uno abre al mal espíritu no se cierran solas, es necesario un acto de voluntad de nuestra parte. Puede ser normal olvidarse del asunto u ocultarlo en nuestra psiquis pero esto no sana la herida y seguirá siendo una puerta de acceso a nuestro interior, y una piedra de tropiezo para nosotros.

Por lo tanto, ¡a no tener puertas abiertas al mal y cuidar mucho lo que se ve, y a quienes queremos como compañía! Como escribió Escribá de Balaguer en alguna ocasión, “que cada uno haga lo que quiera, tú obedece a Dios”.




miércoles, 11 de agosto de 2021

RECONSTRUYE MI IGLESIA

 


En la fiesta de santa Clara de Asís, cofundadora de la orden franciscana, hoy en día, cobran nueva vida aquellas palabras que el Señor dirigió a san Francisco al inicio de su vocación, en la iglesia de San Damián, que también será la iglesia donde la santa inicie su vocación: “Reconstruye mi Iglesia”. Francisco pensaba que era aquella iglesia que se encontraba en ruinas que el Señor le pedía que reconstruya, y así lo hizo, pero luego entendió que la iglesia de san Damián era sólo el reflejo del estado mismo de la Iglesia en ese tiempo.

Estas palabras sonaron tan fuerte en el corazón y en el alma de san Francisco que el santo se olvidó de su vida pasada e incluso de sí mismo, y dedicó el resto de su vida a darle vida a la Iglesia, que por aquel entonces parecía abandonada debido a la relajación de las costumbres, y ciertamente necesitaba una renovación de ese espíritu evangélico que tuvieron los primeros apóstoles. Cuenta la tradición que el Pontífice Inocencio III vió en un sueño que el edificio de la Iglesia se desmoronaba y que llegaban dos hombres y le ponían el hombro y lo volvían a levantar. El uno estaba vestido casi como un pordiosero y el otro era santo Domingo de Guzmán. Luego de esta visión el Papa aprobó la fundación de la orden Franciscana y Dominica. 

No fue una tarea sencilla la encomendada, ni para san Francisco ni para santa Clara, pero gracias al amor de Dios y con la mirada puesta en la salvación fueron superando los obstáculos que esta gran labor les empeñaba: llevar una vida evangélica, aquel junto a sus hermanos y ella junto a sus hermanas. Como se lee en la biografía de los santos, la vida feudal estaba muy arraigada en los estratos sociales de la época, lo cual generaba mucha oposición a aquello que el Señor les pedía que vivan y contagien. Al cumplir 18 años, en la Catedral de Asís, en las sermones de Cuaresma, Clara oyó en las homilías las siguientes palabras: “para tener plena libertad de seguir a Jesucristo, hay que liberarse de las riquezas y bienes materiales”, y, sin muchas vueltas, así lo hicieron ambos. La gran oposición que encontraron no fue una piedra de tropiezo para ellos, que prefirieron construir la historia sobre la roca firme que es Jesucristo y, así, con sus dudas iniciales y sus miserias, pero confiando en aquel que no defrauda, llevaron a cabo la obra del Señor.

Bendito sea Dios por los santos que iluminan el camino de la Iglesia peregrina como antorchas eternas y nos animan a ser también luz en este mundo. Que el ejemplo de estos santos y de tantos otros, nos ayuden a mantener las lámparas encendidas y a esperar contra toda esperanza.

sábado, 7 de agosto de 2021

Ubicarse en el contexto histórico

 


En mi experiencia como catequista he notado que una falta de formación recurrente en los jóvenes, y no tan jóvenes, que leen las Escrituras, es la falta de ubicación en contexto histórico.

Ubicarse en contexto implica “un trabajo previo” al simplemente comenzar a leer el libro en cuestión. Supone interiorizarse sobre la cultura y las costumbres de la época, pues el hombre no es ajeno al tiempo en que le toca vivir y su actuar se debe referenciar al mismo. Hoy día sucede algo similar si se quiere ir a vivir a una región distinta a la que uno se crió. En cuanto al lenguaje, se puede conceptualizar de otra manera y, un término de uso común para una región, puede ser ofensivo en otra cultura. También al haber distintos hábitos y costumbres, es necesario conocerlos antes de convivir en otra cultura para evitar ofender a los locales. 

En la antigüedad, sin la técnica actual, ni las normas de convivencia universalmente aceptadas, llámese derechos humanos; visto desde la actualidad, alguno podría hacerse una idea equivocada y juzgar erróneamente, leyendo textos históricos o incluso las Sagradas Escrituras, que tiene numerosos textos de índole histórica. 

También he podido observar que los enemigos de la Iglesia utilizan este recurso de la distancia histórica y cultural para intentar confundir a quienes se interesan por la Palabra de Dios.

Una ayuda para evitar caer en este error se podría encontrar en una completa introducción al libro que estamos por leer, aunque es aconsejable, si la distancia histórica es considerable, buscar profundizar sobre la cultura de la época con escritos de aquellos que estudiaron sus usos y costumbres. 

En referencia al Nuevo Testamento, se podría hacer notar a quiénes están dirigidas las palabras y exhortaciones de Jesús, así como también, los destinatarios de las epístolas de los apóstoles. El Evangelio de San Juan, por ejemplo, se centra en las enseñanzas de Jesús a sus apóstoles, mientras que los evangelios sinópticos se centran en la vida de Jesús y sus enseñanzas. La vida misma del Señor fue un modelo para los discípulos, como también sus enseñanzas tanto públicas como privadas. 

El Apocalipsis es un mensaje profético escrito en el estilo de la época (denominado “apocalíptico”) y, por lo tanto, no se puede interpretar literalmente, pues utiliza simbolismos y otros recursos para anunciar lo que sucederá en otro tiempo. Por lo tanto, ¡a no dejarse engañar, que el camino es estrecho, pero el final es holgado! 

Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas (Lc 12, 35)

 



Jesús les habla a sus discípulos y les dice: Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Por lo tanto, se puede ser seguidor del Señor y no estar preparado ó ceñido. Esta es una exhortación importante pues ciertamente Jesús siendo Dios (en su persona hay naturaleza humana y divina) conoce mejor la naturaleza del hombre que lo que el hombre se conoce a sí mismo.

En el trabajo se está preparado cuando se puede realizar la labor a la que estamos llamados. Si una persona necesita de nuestra labor como seguidor de Jesús y se va sin que hayamos podido ayudar siquiera un poco en el camino de la salvación, esa persona puede decir que no estamos preparados como discípulos del Señor. Esto remarca que hay que leer las Sagradas Escrituras y entenderlas, pero, sobre todo, llevar las palabras a obras.

También es de notar que se puede ser discípulo del Señor y no “tener la lámpara encendida”. Alguien apagado no comunica la gracia de Dios, que es vida. Es una persona egoísta. No es placentero estar cerca de alguien apagado, es una personalidad opaca, no refleja luz. Para estar en la luz es necesario orar. La oración nos pone en relación con Dios y nos permite ver las zonas oscuras. Ciertamente se puede decidir no hacer cambios y permanecer en la misma situación, pero con el tiempo esto desalentará el hacer oración y producirá desánimo. Una gran oración para “conocernos a nosotros mismos” es el rezo del Rosario. Siempre es saludable dirigir plegarias a la Madre de Dios, pues, además de ser un acto de humildad de nuestra parte al pedir la intercesión de alguien amado por el Señor para llegar a El, también es sabido que estas plegarias son escuchadas, pues son agradables al Señor, y además María es “la llena de gracia”: Ave Maria, gratia plena, sin pecado original, pues, ¡que intercesora! 

Siguiendo la recomendación de Jesús, en conclusión, no hay que dejar la lectura de la Biblia así como también ser perseverantes en la oración, que como dijo un santo: No se pierde el incienso ofrecido a Dios: las oraciones y actos de caridad son recompensados. ¡Que el Señor nos ayude a estar preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas!


Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos (Jn 15, 15)

 


¡El Señor nos brinda su amistad!, esta sola frase puede consolar cualquier corazón apesumbrado. ¿Qué católico no ha desahogado ante Dios alguna vez en su vida sus pesares? Es la gracia que hemos recibido en el bautismo que nos hace clamar a Dios como a un Padre!. Pero hay una distancia respetuosa hacia el Padre, y esta distancia se alarga en cuanto clamamos ¡a Dios! como nuestro padre. Pero no hay que desanimarse, puesto que el Señor dice a los que hacen Su voluntad: Ya no los llamo servidores (...) los llamo amigos.

La cita continúa así: yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. Jesús compartió con sus discípulos (y con su Iglesia) los misterios de la vida divina. Lo que el hombre no podía alcanzar mediante el razonamiento, fue revelado en la persona de Jesucristo. Esto ha hecho la labor de conocer a Dios mucho más fácil.

Aunque habría que reflexionar también sobre lo que implica la amistad. Un amigo no se gana de un día para el otro. La amistad implica primeramente conocimiento. No se es amigo de un extraño. Tampoco se puede considerar amigo a quién esconde u oculta cosas sobre sí mismo. Pues esto genera desconfianza y un amigo es alguien en quién confiamos. El que gana un amigo gana un tesoro, leemos en las Escrituras. Y realmente los amigos pueden salvar vidas, o, por lo menos, hacer más liviana nuestra carga cotidiana. Ciertos asuntos se los prefiere confiar a los amigos más que a los padres, ya que los consideramos más cercanos a nosotros mismos, pues se comparten con ellos y se resuelven los mismos problemas de la vida.

Dicho esto, podríamos considerar que la amistad con Jesús también debería tener una relación de cercanía. Cierta vez Jesús dijo a una santa que le hablara como si estuviese presente en la misma habitación, esto para incentivar la familiaridad. Hacemos cosas para nosotros y para nuestros seres queridos, pero también deberíamos hacer para nuestro amigo Dios, y junto con él llevar a cabo su obra. Va a haber contratiempos, es innegable, algún santo dijo que Jesús no trataba muy bien a sus amigos, luego de muchos contratiempos, pero la obra del Señor siempre llega a buen puerto, ¡y en el camino hemos ganado un amigo!. ¡Ojalá tengas una experiencia única de amistad con Jesús!



viernes, 6 de agosto de 2021

Se anonadó a sí mismo

 


Filipenses 2, 7: “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres”

-Breve reflexión sobre la cita de la Carta a los Filipenses-

Anonadarse: palabra que proviene del latín: a- (hacia) nonada (nada). Con esto el apóstol Pablo nos dice que Cristo al venir a este mundo se hizo nada, para ser semejante a los hombres. 

Siendo Dios infinito se limitó a sí mismo (sin dejar de serlo), dejó de depender de sí mismo en la naturaleza humana que asume. Porque como está escrito: “En El somos, nos movemos y existimos”. No hay punto de referencia para hacer una comparación sobre lo que implicó la encarnación del Verbo divino, si se pusiera como ejemplo: es como si un hombre dejara de serlo para ser una pulga, también nos quedamos cortos, puesto que ambos son seres finitos y ambos participan del “ser” en la misma manera.

Al considerar entonces este misterio que es la redención del género humano, no se puede estar menos que feliz por el don que quiso hacer Dios de sí mismo: El, que siendo “todo” se hizo nada, para hacer de la nada algo. 

El suceso más importante del género humano parece a menudo pasar desapercibido. Por esto hay que aprovechar el tiempo de navidad para reflexionar sobre los misterios que se nos han revelado para nuestra salvación. Desde tiempos remotos el hombre buscó con afán conocer estos misterios sobre el ser mismo del hombre y la vida eterna, pero al tenerlos al alcance de la mano, se puede caer en la tentación de no darles la importancia que merecen. Y esto es un proceder bastante común en todas las disciplinas, que aquello que no demanda mucho esfuerzo, no es debidamente valorado.

Que el Señor nos de la gracia de vivir constantemente en su presencia hasta alcanzar aquel Reino prometido!


jueves, 5 de agosto de 2021

Más allá de la filosofía

 


(Extractos de la Encíclica FIDES ET RATIO -S.S. J.P.II, 1998-)


Una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad como en distintas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida?

Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia.

La Iglesia ha recibido como don la verdad última sobre la vida del hombre. Lo que la obliga a responsabilizarse del anuncio de las certezas adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda verdad alcanzada es sólo una etapa hacia aquella verdad total que se manifestará en la revelación última de Dios: « Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido » (1 Co 13, 12).

La filosofía nació y se desarrolló desde el momento en que el hombre empezó a interrogarse sobre el por qué de las cosas y su finalidad.

El asombro suscitado en el hombre por la contemplación de la creación. De aquí arranca el camino.

Principios de no contradicción, de finalidad, de causalidad: Existe un conjunto de conocimientos en los cuales es posible reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad.

La Iglesia considera a la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe. Deseo yo también dirigir la mirada hacia esta peculiar actividad de la razón. Me impulsa a ello el hecho de que, sobre todo en nuestro tiempo, la búsqueda de la verdad última parece a menudo oscurecida. La razón misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. En lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, la razón se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser. Recientemente han adquirido cierto relieve diversas doctrinas que tienden a infravalorar incluso las verdades que el hombre estaba seguro de haber alcanzado. En esta perspectiva, todo se reduce a opinión. No se puede negar, en efecto, que este período de rápidos y complejos cambios expone especialmente a las nuevas generaciones, a las cuales pertenece y de las cuales depende el futuro, a la sensación de que se ven privadas de auténticos puntos de referencia.

El conocimiento que la Iglesia propone al hombre no proviene de su propia especulación. Un misterio oculto en los siglos (cf. 1 Co 2, 7; Rm 16, 25-26), pero ahora revelado: « Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9): por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina ». Ésta es una iniciativa totalmente gratuita, que viene de Dios para alcanzar a la humanidad y salvarla. La fe, que se funda en el testimonio de Dios y cuenta con la ayuda sobrenatural de la gracia, pertenece efectivamente a un orden diverso del conocimiento filosófico. La filosofía y las ciencias tienen su puesto en el orden de la razón natural, mientras que la fe, iluminada y guiada por el Espíritu, reconoce en el mensaje de la salvación la « plenitud de gracia y de verdad » (cf. Jn 1, 14) que Dios ha querido revelar en la historia y de modo definitivo por medio de su Hijo Jesucristo (cf. 1 Jn 5, 9: Jn 5, 31-32).